Nota. Las imágenes descriptivas que ilustran este artículo han sido generadas mediante inteligencia artificial
Se enseñan contenidos, se proponen actividades, se fija una fecha de examen y, llegado ese momento, se espera que los alumnos sepan qué hacer con todo lo aprendido. Sin embargo, en el día a día existen muchos alumnos que dedican tiempo al estudio, pero que no saben realmente cómo hacerlo ni qué estrategias les funcionan mejor. Leen, subrayan, vuelen a leer y, cuando llega el examen y el resultado no es el esperado, aparece la frustración. Es entonces cuando se escucha la frase que resulta tan familiar hacia muchos docentes: “Profe, es que no sé estudiar”.
¿Estudiar más o estudiar mejor?
Cuando un alumno dice esto, debería aparecer la pregunta: ¿realmente se enseña a hacerlo? Porque ante unos malos resultados es relativamente fácil recurrir al “tienes que estudiar más”, pero estudiar más tiempo no implica necesariamente aprender mejor. Pensemos en un alumno que pasa dos horas delante de sus apuntes releyendo el mismo tema. Probablemente termine la tarde con la sensación de haber trabajado mucho e incluso con la impresión de que el contenido le resulta familiar.
El problema es que reconocer una información cuando está delante no es lo mismo que ser capaz de recuperarla después sin ayuda. Quizá, antes de pedir más horas de estudio, se necesita ofrecer distintas estrategias, enseñarles a probarlas y ayudarles a descubrir cuál puede resultar más adecuada según aquello que estén intentando aprender.

Metacognición: Aprender a observar cómo aprendemos
Aquí aparece un concepto especialmente importante: la metacognición, es decir, la capacidad de pensar sobre nuestro propio aprendizaje. No se trata únicamente de saber si hemos estudiado mucho o poco, sino de ser capaces de reconocer qué sabemos, qué todavía no comprendemos, qué estrategia estamos utilizando y si realmente está funcionando.
Un estudiante con estas herramientas puede detectar, por ejemplo, que después de leer tres veces un apartado siente que “se lo sabe”, pero que al cerrar el libro no consigue explicarlo con sus propias palabras. Esa diferencia es importante porque le permite tomar una decisión: continuar haciendo lo mismo o cambiar de estrategia. Aprender a estudiar implica también aprender a supervisar el propio aprendizaje, y esa capacidad no deberíamos asumir que aparece de manera espontánea; podemos enseñarla y trabajarla desde el aula.
¿Qué estrategias tienen evidencia?
La psicología cognitiva lleva décadas investigando precisamente estas cuestiones. Una de las revisiones más conocidas, publicada por Dunlosky y sus colaboradores en 2013, analizó diez técnicas de aprendizaje y encontró diferencias importantes en su utilidad y en la evidencia disponible para cada una.
Entre las estrategias estudiadas encontramos algunas que hoy aparecen con frecuencia cuando hablamos de aprendizaje, como Retrieval Practice o práctica de recuperación, Spaced Practice o práctica espaciada, Practice Testing, Self-Explanation e Interleaving. No todas cuentan con el mismo nivel de evidencia ni sirven de la misma manera para cualquier contenido, y ahí está precisamente uno de los matices más interesantes.
Se sabe, por ejemplo, que recuperar activamente una información puede favorecer su aprendizaje a largo plazo frente a limitarse a releerla y que distribuir el estudio en el tiempo suele ser más eficaz que concentrarlo en una única sesión. Investigaciones posteriores han seguido encontrando beneficios de estas estrategias también en contextos educativos reales.

Saber una técnica no significa saber cuándo utilizarla
Ahora bien, conocer el nombre de cinco técnicas no significa saber estudiar. El verdadero reto educativo está en enseñar cuándo y para qué podemos utilizarlas. Un alumno puede necesitar recuperar fechas o vocabulario mediante preguntas o flashcards, pero también comprender por qué ocurre un fenómeno, relacionar ideas o aplicar un procedimiento a una situación nueva. Por eso, el debate no debe plantearse como memorizar frente a comprender. Se necesita memoria para aprender, del mismo modo que se necesita comprensión para construir conocimiento con sentido.
La pregunta debería ser qué necesita comprender el alumno, qué información necesita recordar y qué estrategia puede ayudarle en cada momento. Y esto se puede trabajar dentro de cada asignatura: pidiendo que cierren los apuntes y recuperen lo que recuerdan, enseñándoles a espaciar un repaso, comparando dos formas distintas de estudiar un mismo contenido o preguntándoles después de una tarea qué han hecho cuando no sabían continuar.
Qué nos queda de todo esto
Quizá, por tanto, enseñar técnicas de estudio no debería entenderse como proporcionar al alumnado una lista de métodos que aplicar antes de un examen, sino como ayudarle progresivamente a conocer cómo aprende y a tomar mejores decisiones sobre su propio estudio. Profesores y familias pueden acompañar en ese proceso cambiando también algunas de sus preguntas.
Ante un alumno que tiene dificultades, además de preguntarle cuánto ha estudiado, puede resultar mucho más interesante averiguar cómo lo ha hecho, qué estrategia ha utilizado, qué parte ha comprendido y cuál sigue sin poder recuperar. Así, cuando se vuelva a escuchar “profe, es que no sé estudiar”, quizá se tenga delante algo más que una queja: una oportunidad para enseñarle algo que, probablemente, también necesitaba aprender.